Largamente muerto y replegado en sí mismo, mi corazón saluda la belleza del mundo, sus ramas florecen y echan brotes, abultadas por una savia nueva. ¡Oh, yo no volveré a vivir, así como el feliz esfuerzo de mis flores atravesando su dura cápsula se lanza hacia el aire y la luz.
¡Cómo ha cambiado el aspecto de todo! Lo que odié y temí, enlaza hoy sus tiernos acordes a la melodía de mi vida; y cada vez que la hora suena, una misteriosa emoción me recuerda los días dorados de la infancia, desde que hallé mi único bien.
¡Diótima, dichoso ser! Alma sublime por quien mi corazón repuesto de la angustia de vivir se promete la juventud eterna de los dioses. ¡Nuestro cielo durará! Antes ya de verse, nuestras almas, ligadas por sus insondables honduras, se había reconocido.
Cuando, envuelto por los sueños de la infancia apacible como el azul del día, yo descansaba sobre el suelo entibiado bajo los árboles de mi jardín, cuando empezaba la primavera de mi vida con suaves acordes de gozo y belleza, el alma de Diótima, como un céfiro pasaba entre las ramas, sobre mí.
Y cuando, tal una leyenda la belleza se borró de mi vida, y me hallé indigente y ciego, excluido de tanto paraíso, cuando el peso del día me aplastaba y mi vida fría y descolorida deseaba ya, declinante, el mudo reino de las sombras:
¡entonces, del Ideal volvieron, como desde el cielo, fuerza y ánimo, y apareciste radiante en mi noche, divina imagen! Dejando el puerto mudo para unirme a ti, lancé de nuevo mi nave adormecida al azul del océano.
Ahora vuelvo a encontrarte, más hermosa que como te había soñado en las horas solemnes del amor. ¡Noble y buena, allí estás! ¡Oh pobreza de la fantasía, sólo tú, Naturaleza, puedes crear este modelo único, en medio de eternas armonías, feliz en tu perfección!
Como los bienaventurados en sus altos parajes, donde el júbilo busca refugio y florece la inalterable belleza liberada de la existencia. Como Urania, melodiosa en medio del caos desencadenado, ella sigue divina y pura entre la ruina de los tiempos.
Tras prodigarle todos los homenajes, mi espíritu, confuso, vencido, trató de conquistar a la que sobrepasa sus pensamientos más atrevidos. Ardor solar y dulzura primaveral, guerra y paz, luchan en el fondo de mi corazón frente a esa imagen angélica.
Muchas veces vertí ante ella oleadas de lágrimas de mi corazón, y traté, en cada acorde de la vida, de vibrar al unísono con su dulzura. A veces, herido en lo profundo, imploré su piedad, cuando el cielo que ella posee se abre claro y santo a mis ojos.
Pero cuando en su silencio, rico infinitamente, con una sola mirada, una sola palabra su alma transmite a la mía su paz y su plenitud, cuando veo al dios que me anima alumbrar una llama en su frente, y vencido por la admiración me acuso ante ella de mi nada,
entonces su alma celeste me precipita en la dulzura de un juego infantil, y bajo su hechizo mis cadenas se desanudan gozosamente. ¡Así desaparece mi pobre denuedo y se borra el último rastro de mis luchas! Mi naturaleza mortal entra en la plenitud de una vida de dios.
Y en adelante, mi elemento es ese donde ninguna fuerza terrestre, ninguna orden divina nos separa más, allí donde saboreamos la unión total. Porque allí, tiempos, cálculos que nada valen, necesidad, son olvidados: por fin entonces me siento vivir.
Así como la constelación de las Tindáridas con majestuoso centelleo prosigue su trayecto, apacible como nosotros, en las alturas del cielo nocturno, también declina, ancha y brillante, desde la bóveda del cielo hacia el oleaje donde la llama un dulce reposo.
Y nosotros, oh ardor de nuestras almas, encontramos en ti una tumba bendita, nos abismamos en el oleaje exultante de un júbilo mudo; luego, cuando al llamado de la hora, despiertos ya, llenos de un orgullo nuevo, volvemos, como las estrellas, a la noche breve de la vida.
3 comentarios:
Largamente muerto y replegado en sí mismo,
mi corazón saluda la belleza del mundo,
sus ramas florecen y echan brotes,
abultadas por una savia nueva.
¡Oh, yo no volveré a vivir,
así como el feliz esfuerzo de mis flores
atravesando su dura cápsula
se lanza hacia el aire y la luz.
¡Cómo ha cambiado el aspecto de todo!
Lo que odié y temí,
enlaza hoy sus tiernos acordes
a la melodía de mi vida;
y cada vez que la hora suena,
una misteriosa emoción me recuerda
los días dorados de la infancia,
desde que hallé mi único bien.
¡Diótima, dichoso ser!
Alma sublime por quien mi corazón
repuesto de la angustia de vivir
se promete la juventud eterna de los dioses.
¡Nuestro cielo durará!
Antes ya de verse, nuestras almas,
ligadas por sus insondables honduras,
se había reconocido.
Cuando, envuelto por los sueños de la infancia
apacible como el azul del día,
yo descansaba sobre el suelo entibiado
bajo los árboles de mi jardín,
cuando empezaba la primavera de mi vida
con suaves acordes de gozo y belleza,
el alma de Diótima, como un céfiro
pasaba entre las ramas, sobre mí.
Y cuando, tal una leyenda
la belleza se borró de mi vida,
y me hallé indigente y ciego,
excluido de tanto paraíso,
cuando el peso del día me aplastaba
y mi vida fría y descolorida
deseaba ya, declinante,
el mudo reino de las sombras:
¡entonces, del Ideal volvieron,
como desde el cielo, fuerza y ánimo,
y apareciste radiante en mi noche,
divina imagen!
Dejando el puerto mudo para unirme a ti,
lancé de nuevo mi nave adormecida
al azul del océano.
Ahora vuelvo a encontrarte,
más hermosa que como te había soñado
en las horas solemnes del amor.
¡Noble y buena, allí estás!
¡Oh pobreza de la fantasía,
sólo tú, Naturaleza, puedes crear este modelo único,
en medio de eternas armonías,
feliz en tu perfección!
Como los bienaventurados en sus altos parajes,
donde el júbilo busca refugio
y florece la inalterable belleza
liberada de la existencia.
Como Urania, melodiosa
en medio del caos desencadenado,
ella sigue divina y pura
entre la ruina de los tiempos.
Tras prodigarle todos los homenajes,
mi espíritu, confuso, vencido,
trató de conquistar
a la que sobrepasa sus pensamientos
más atrevidos. Ardor solar
y dulzura primaveral, guerra
y paz, luchan en el fondo de mi corazón
frente a esa imagen angélica.
Muchas veces vertí ante ella
oleadas de lágrimas de mi corazón,
y traté, en cada acorde de la vida,
de vibrar al unísono con su dulzura.
A veces, herido en lo profundo,
imploré su piedad,
cuando el cielo que ella posee
se abre claro y santo a mis ojos.
Pero cuando en su silencio, rico infinitamente,
con una sola mirada, una sola palabra
su alma transmite a la mía
su paz y su plenitud,
cuando veo al dios que me anima
alumbrar una llama en su frente,
y vencido por la admiración
me acuso ante ella de mi nada,
entonces su alma celeste me precipita
en la dulzura de un juego infantil,
y bajo su hechizo mis cadenas
se desanudan gozosamente.
¡Así desaparece mi pobre denuedo
y se borra el último rastro de mis luchas!
Mi naturaleza mortal entra
en la plenitud de una vida de dios.
Y en adelante, mi elemento es
ese donde ninguna fuerza terrestre,
ninguna orden divina nos separa más,
allí donde saboreamos la unión total.
Porque allí, tiempos, cálculos
que nada valen, necesidad, son olvidados:
por fin entonces me siento vivir.
Así como la constelación de las Tindáridas
con majestuoso centelleo
prosigue su trayecto, apacible como nosotros,
en las alturas del cielo nocturno,
también declina, ancha y brillante,
desde la bóveda del cielo
hacia el oleaje donde la llama un dulce reposo.
Y nosotros, oh ardor de nuestras almas,
encontramos en ti una tumba bendita,
nos abismamos en el oleaje
exultante de un júbilo mudo;
luego, cuando al llamado de la hora,
despiertos ya, llenos de un orgullo nuevo,
volvemos, como las estrellas,
a la noche breve de la vida.
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